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Machu Picchu

Manco Inca descendió el Monte Viejo seguido de sus mejores hombres. Si el Templo lo había encontrado cambiado, ¿qué decir de las temibles tropas de Diego Almagro? Cargaban con bolsos de tela a sus espaldas, brillantes cantimploras trasparentes, espejitos rectangulares tintados de negro. Todos y todas (¡la mitad del ejército eran mujeres!) desfilando por aquellos peldaños de piedra. Sin armaduras, sin cascos, sin espadas.

Tras la sangrienta carnicería, Manco Inca y sus hombres siguieron descendiendo el Monte Viejo. Encontraron a sus pies un pueblo lleno de burdeles donde les ofrecieron comidas extrañas y bebidas de colores. Arrasaron con él sin encontrar resistencia.

–Los españoles han logrado enormes avances técnicos –dijo Manco Inca a sus hombres–. Pero han descuidado el arte de la guerra. ¡Es el momento de recuperar nuestro Imperio!

Marcharon hacia el Qusqu atravesando un claro del bosque, caminando sobre piedras pulidas y tablones de madera, siguiendo dos vías de metal que se perdían en el horizonte. Marcharon alegres y optimistas hasta que un ruido infernal, provocado por un diablo que se movía a gran velocidad, pasó por encima de un Manco Inca fascinado e inmóvil.

UNA NOVELA SOBRE MOCHILEROS EN EL SUDESTE ASIÁTICO: DEL HEDONISMO SIN LÍMITES A LA ESPIRITUALIDAD DEL VIPASSANA Y EL BUDISMO