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Ideas para Relatos Cortos

Mi sección de Consejos para escritores nació como una manera de dialogar conmigo mismo y con mis lectores. La discusión pública a través de los comentarios, pensé, enriquecerá mis artículos y, por ende, el debate literario en general. Desgraciadamente, la inmensa mayoría de los mensajes que recibo son a través del WhatsApp.

Por eso me hizo especial ilusión cuando, el pasado 23 de julio, me encontré con el primer comentario público. El responsable era un tal Ceviche Juguetón, firme defensor de los cuadernos de notas que yo había atacado virulentamente en aquel artículo. Su comentario empezaba con una declaración de intenciones: “No puedo estar más en desacuerdo con usted, señor Chinaski”. Un poco más adelante, me reprochaba lo siguiente: “Dice usted que las grandes ideas jamás se olvidan. Pero es que esto no trata siempre sobre las grandes ideas. A veces, un comentario ingenioso, una situación extravagante que surge a nuestro alrededor o en nuestra propia cabeza pueden ser el detonante, o el pretexto, con el que empezar a desarrollar una obra”. Y a modo de conclusión: “La obra puede partir de la Idea a la Nada, o de la Nada a la Idea”.

Mi respuesta puede condensarse en el siguiente párrafo: “El método que mejor me funciona a la hora de crear una historia es el deductivo (partiendo de la IDEA hacia lo que, confío, no será LA NADA). Cuando he probado el método inductivo que usted propone, me he encontrado con lo siguiente: de LA NADA jamás llego a LA IDEA. Aun así, como usted bien dice, el proceso creativo adopta diferentes formas, y cada cual debe elegir la que más le convenga”. Fue una respuesta en caliente, movido por la emoción de que alguien quisiera debatir conmigo públicamente. Sostengo lo que dije entonces (sobre todo en lo referente a los cuadernos de notas), pero creo que el tema de las IDEAS merece un análisis mucho más pormenorizado.

¿Dónde están las ideas para cuentos?

Lo primero que necesitas para escribir un relato corto es una BUENA IDEA. Sentarte frente al ordenador “a ver qué pasa” puede tener consecuencias desastrosas para tu autoestima como escritor. Partir de una BUENA IDEA no te garantiza un buen relato, pero sin ella estás perdido. Si vas a ignorar este consejo, te daré otro: cómprate una silla de oficina cómoda –de las de cuero acolchado y reposacabezas– porque el proceso de espera puede ser interminable.

Las BUENAS IDEAS son como los infrasonidos: están por todas partes, serpenteando por delante de nuestras narices, pero sólo un puñado de grandes mamíferos (en este caso los escritores) son capaces de captarlas. Existen infinitas fuentes de inspiración, pero yo destacaría cuatro:

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1. Obsesiones personales

Los grandes escritores desarrollan toda su obra a partir de dos o tres obsesiones personales. Con la novela no queda más remedio: nadie emplea varios años de su vida en escribir sobre algo que no le apasiona. El relato corto, con sus tiempos de creación mucho más reducidos, nos permite experimentar con lo que yo llamaría “obsesiones pasajeras”.

Borges dijo que “había escrito siempre el mismo cuento”, y Bolaño añadió que “todos lo hacemos, pero no de la misma manera”. Es la magia de la ficción. Abordadas de diferentes formas y bajo nuevos prismas, nuestras obsesiones personales son una fuente de inspiración inagotable.

2. Experiencias personales (o prestadas)

Este punto es delicado, ya que corremos el riesgo de invadir los límites del relato corto. Para evitarlo, debemos asegurarnos de que dicha experiencia conecte con alguna obsesión personal y que al mismo tiempo la trascienda. Desarrollaré este punto más adelante, en la disección de mi relato Las playas del mar Rojo.

3. La “baja cultura”

La televisión también es una fuente inagotable de ideas. Los telediarios nos bombardean cada día con docenas de noticias que su ritmo frenético les impide analizar (las que desarrollan en exceso suelen ser las menos interesantes). Los programas de crímenes sin resolver nos enseñan más sobre la condición humana que muchos libros de filosofía. Para escritores con insomnio, Fernández Mallo recomienda los teletiendas de la madrugada. Los programas del corazón y los reality shows también nos enseñan cosas, principalmente los efectos devastadores de la fama. Los menos literarios son sin duda los documentales de animales, los concursos de preguntas y los debates políticos.

4. La “alta cultura”

Fernández Mallo ha reflexionado mejor que nadie sobre el apropiacionismo y la basura ajena como fuentes de inspiración: “Para realizar cualquier creación, el artista toma lo que otros han hecho antes, pero no se fija en la excelencia de los demás, que está agotada y que ya por definición no se puede mejorar, sino en los restos que dejan esas obras. Desde esos residuos hacemos otras obras que, a su vez, generarán excelencia y también residuos que servirán a otros artistas”.

Suscribo totalmente sus palabras, pero quisiera añadir algo más. ¿Te ha ocurrido alguna vez que alguien lee una de tus obras y te dice: “Me recuerda a…”? Estoy seguro de que sí. Al principio te quedas sorprendido, incluso molesto (especialmente si has leído a ese autor recientemente). La explicación es muy sencilla: los procesos de apropiacionismo y de dumpster diving ocurren a menudo de forma INCONSCIENTE. Fernández Mallo dijo que “copiamos a los que son buenos”. Me apropio de sus palabras y añado: “Lo hacemos incluso sin darnos cuenta”.

Las tres fases del desarrollo de la Idea

Diseccionemos ahora mi relato Las playas del mar rojo. El cuento tiene una base real. En el verano de 2012, durante mi viaje por Sudamérica, conocí a 3 israelíes en la terraza de un hostel de Medellín. Nos habíamos reunido un variopinto grupo de backpackers procedentes de diferentes países. A la segunda cerveza, uno de los israelíes sacó su móvil y nos enseñó un vídeo en el que aparecían dos de ellos (el otro sujetaba la cámara) practicando sexo con una prostituta local.

¿Por qué he decidido diseccionar un relato tan poco exitoso entre mis lectores? Porque su proceso de creación fue extremo en todos los sentidos: una infinidad de temáticas se ensañaron con mi obsesión personal hasta dejarla irreconocible; los tiempos de cada fase, sometidos a las leyes de la relatividad creativa, se dilataron y contrajeron salvajemente.

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Fase 1. Cocinando la idea

Una BUENA IDEA es como esos tronchos de carne roja que se venden en los supermercados (siento que mis metáforas sean poco inclusivas). La tentación de pegarte un atracón inmediato será inmensa, pero las cosas llevan sus tiempos. Primero hay que marinarla y guardarla en la nevera durante toda la noche, para que coja sabor; luego, cocinarla a fuego muy lento (puedes realizar otras actividades entre medias, no hace falta que levantes la tapa cada cinco minutos); por último, dejarla reposar antes de servir.

Debéis tener en cuenta otra cosa: el apetito creativo es tan caprichoso como el culinario. A veces se nos quitan las ganas de comer mientras cocinamos. En el terreno de la creación, las razones pueden ser varias: el tema ha dejado de interesarnos, nos exigía documentarnos demasiado, lo hemos tratado tantas veces que estamos hartos, etc. Aun así, no dejéis la receta a medio hacer. Terminad de cocinarla y guardadla en la nevera porque quizás os apetezca en otro momento (si se os estropea durante ese tiempo, tirada a la basura sin miramientos; si desaparece misteriosamente, ¡qué se le va a hacer!)

Para que la receta nos quede rica y sabrosa, LA lDEA debe cumplir tres requisitos:

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Puede esperar

Esperé nada menos que 5 años antes de escribir mi relato de Las playas del mar rojo (si hubiera apuntado la historia en un cuaderno de notas, habría tenido tiempo de perderlo varias veces). Podría pensarse que, durante ese periodo, fue difuminándose y perdiendo fuerza, pero ocurrió justamente al contrario. De tanto contársela a amigos y conocidos, la anécdota siguió creciendo y enriqueciéndose. Con sus reacciones, comentarios y silencios, mis interlocutores me hicieron ver detalles en los que yo no había reparado.

Conecta con tus obsesiones

Mi IDEA se conservó intacta porque cumplía sobradamente esta condición. En mis años de trotamundos interplanetario, conocí a una infinidad de backpackers de los cuales aprendí lo mejor y lo peor de ser un mochilero. Unos me ayudaron en los momentos más bajos mientras que otros me abandonaron sin miramientos. Proyecté sobre ellos mis frustraciones, inseguridades, miedos y envidias. Intenté parecerme y diferenciarme de ellos con igual virulencia.

La historia de los tres israelíes conecta con mi obsesión con los backpackers, sí, pero no más que otras anécdotas que escuché en mis viajes (a los mochileros les encanta contar batallitas sobre sí mismos). Algunas de esas historias eran mucho más interesantes y, sin embargo, jamás escribiré sobre ellas. ¿Qué tiene de especial Las playas del mar Rojo?

Trasciende tus obsesiones

Mi relato va mucho más allá de la historia de tres jóvenes y una prostituta. Durante la cocción a fuego lento, me di cuenta de que en él están presentes la religión, el militarismo, la geopolítica, el racismo, la masculinidad, la necesidad de ser aceptados, los límites de nuestra responsabilidad individual, la pérdida de la inocencia, la amistad e incluso el amor.

Mi obsesión personal con los backpackers acabó siendo un elemento más del relato, una estrella dentro de una enorme constelación. (No digo que en un cuento se deban tratar TODOS los temas sobre la condición humana, pero su esperanza de vida será directamente proporcional a la universalidad y amplitud de los mismos.)

Fase 2. El “apretón”

Después de un largo tiempo cocinando la IDEA, llega el momento de hincarle el diente. Y después del atracón, llega el “apretón”, es decir, la necesidad de soltar todo lo que has acumulado dentro. Las sensaciones serán muy similares: un dolor fuerte en la tripa y un deseo imperioso de sentarte en el “trono” (el váter o la silla de cuero acolchada, lo que corresponda en cada caso). Si no tienes un “trono” a mano, tal vez puedas aguantar un poco, pero no conviene posponerlo demasiado.

Con mi relato de los 3 israelíes, el “apretón” fue especialmente severo. Mi cerebro debió de estar rumiando toda la noche, porque nada más despertarme me puse manos a la obra. Estuve 13 horas seguidas en el “trono”, levantándome solamente para las comidas y sus correspondientes minisiestas. Misterios de la creación, después de 5 años dejando reposar la IDEA, sentí que no podía esperar ni un minuto más. La creación tiene a veces los mismos efectos que un laxante.

Fase 3. El último empujón

Una vez en el “trono”, surgirán las complicaciones. Pensarás que te has precipitado y que aún no estabas preparado para soltar la IDEA. O puede que no haya fluido tan bien como esperabas y hayas montado un pequeño estropicio. O quizás haya salido sin complicaciones, pero, por lo que sea, te faltan herramientas para culminar el proceso.

Tal y como yo lo concibo, el “apretón” nos ataca siempre en el momento preciso. La IDEA de Las Playas del Mar Rojo llevaba 5 años cocinándose en mi cerebro. Si esa mañana sentí que había llegado EL MOMENTO de soltarla fue por algo. Claro que tuve mis dudas acerca de si sería capaz de llevarla a buen puerto, pero no hay que dejar que ese tipo de miedos nos paralicen.

Una vez has empezado un relato, termínalo. No me refiero a los últimos retoques, para eso ya habrá tiempo. Tampoco hablo de acabarlo de una sentada, pero no lo abandones (yo suelo tardar una semana, aunque Las Playas del Mar Rojo lo finiquité en un día y medio). Sumergirte en un cuento es como visitar un universo desconocido. De entrada no sabes nada de él, pero poco a poco vas conociendo sus reglas, sus costumbres y a sus habitantes. Al principio tienes que romper con tus ideas preconcebidas (y cada vez que salgas, te tocará empezar prácticamente desde cero). Se trata de un viaje largo e intenso, así que no te recomiendo abandonar hasta que no hayas cumplido tu misión.

Por eso siempre empiezo mis cuentos sin saber cómo van a terminar. Si tardo una semana de media en escribirlos, desconozco el final hasta el tercer o cuarto día. Y es que pienso que la mejor manera de sorprender a mis lectores es sorprenderme antes a mí mismo. De este modo, me convierto en el primer lector apasionado de mis cuentos.

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