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Código deontológico

Giro el primer cerrojo y vuelvo a acercarme a la mirilla. No debería estar tan paranoico, tratándose de Emilio, pero los médicos conocemos mejor que nadie el valor del viejo refrán. Más vale prevenir que curar (especialmente en una situación como esta). Giro el segundo cerrojo, empujo la puerta con suavidad y asomo la cabeza. No hay moros en la costa. Recojo el paquete y vuelvo a encerrarme.

Abro la caja compulsivamente, como un niño la mañana de reyes. Quiero estrenar ahora mismo mi regalo, pero me contengo. No debo dejar que la emoción me nuble el juicio. Le pedí el paquete a Emilio por dos razones muy concretas: pasar este mal trago con dignidad y con el mínimo dolor posible.

Me niego a morir como Javier, mi vecino del bloque de enfrente. Lo sacaron del portal dos enfermeros-astronautas protegidos de la cabeza a los pies. Lo sujetaban por los codos para que no se cayera de bruces. El pobre Javier caminaba encorvado, con muchísima dificultad. Vivía como yo, solo (sin duda fue él quien avisó a la ambulancia). Cumplió su deber como ciudadano y la sociedad se lo agradeció de esa manera. ¿Pensaría que iba a volver a su casa sano y salvo? Espero que no fuera tan iluso. Iba directo al matadero, como tantos ancianos últimamente. Las ambulancias se han convertido en coches fúnebres.

Esa noche tuve los primeros síntomas. Debería haber informado a sanidad, pero no me dio la gana. No pienso terminar mis días como Javier, aislado en la cama de algún hospital. Por eso decidí llamar a Emilio.

–No me puedes pedir eso, Antonio –me respondió–. No me puedes pedir que te ayude a morir.

–Voy a morir igual y lo sabes. Sólo quiero morir con dignidad y con el mínimo dolor posible.

–Para eso están los hospitales. Para eso estamos los médicos y los enfermeros. Podemos ayudarte, Antonio.

–No en una situación como esta.

Silencio.

–No me puedes pedir eso, Antonio. Va contra el código deontológico.

–Yo te enseñé el código deontológico.

Silencio.

–¿Te arrepientes de no haber vuelto, Antonio? ¿Sientes que… has incumplido el código? Me refiero a esta situación concreta, por supuesto.

–En el código no aparecen las palabras “jubilado” o “retirado”. Lo que sí aparece es la objeción de conciencia. Para mí es inmoral y muy poco profesional enviar a veteranos al frente, Emilio. Yo ya peleé durante cuarenta años. Ahora os toca a los jóvenes.

Silencio.

–¿Tienes comida suficiente? No quiero que salgas a la calle, Antonio. Esto es una decisión personal. No debe afectar a nadie más.

–Así será. Y no te preocupes por la comida. Me quedan tres días a lo sumo. Tengo más que suficiente.

–¿Cuánto quieres?

–Lo justo y necesario.

–¿Liberación rápida? ¿Sulfato?

–Sí, líquido por favor.

–Si cambias de opinión, por favor, llama inmediatamente a una ambulancia. Aún podemos ayudarte.

–Gracias Emilio. Muchísimas gracias… Adiós.

La conversación con Emilio ocurrió hace mucho mucho mucho tiempo. El tiempo es relativo ahora. Mentira. El tiempo nunca estuvo más presente. El cronómetro de la muerte. Los latidos de mi corazón. El tempo del vinilo de Brahms. El tic-tac del despertador. La alarma cada cuatro horas. Hay que ser constante con la morfina. Los receptores del sistema nervioso quieren su dosis regularmente. No conviene hacerlos esperar.

Estoy feliz. Me encuentro sumamente feliz. En paz conmigo mismo. Brahms me transporta a mundos más elevados. Mundos donde no existen el tiempo ni las pandemias. Por eso bajé las persianas hace un rato. Porque no quiero saber nada más de este mundo. He cumplido con TODAS mis obligaciones. Con TODAS y CADA UNA de mis obligaciones.

¡Rin, rin! Me despierta un timbre. ¡Rin, rin! ¡Debe de ser Emilio! ¡Ha venido a despedirse! ¿Se habrá contagiado también él? Me levanto y toso y respiro con dificultad. Subo las persianas. No quiero que Emilio encuentre la casa tan oscura. Abro la mirilla.

¡Los enfermeros-astronautas! ¡Vienen a por mí! ¡Me quieren llevar al matadero! Vuelvo al salón de puntillas, tratando de no hacer ruido.

–¡Abra la puerta, Antonio!

–¡Sabemos que está ahí, Antonio! ¡Sabemos que tiene el virus!

¿Cómo lo saben? ¿Quién se lo ha dicho? ¡Emilio era el único que lo sabía! ¡No puedo creer que Emilio me haya traicionado!

–¡Policía! ¡Tenemos órdenes de echar la puerta abajo!

Ahora sí que estoy jodido. Escucho golpes de ariete contra mi puerta. Es una puerta de calidad, pero acaba cediendo. Invaden mi casa dos enfermeros-astronautas y dos policías con mascarillas.

–¿Con qué derecho entráis en mi casa?

–Las leyes han cambiado durante el confinamiento –dice un policía–. La seguridad de los ciudadanos es lo primero.

–Es usted un peligro para la salud pública –dice el enfermero que parece más viejo.

–Está hecho un asco –dice el otro policía–. ¿Cuántos días lleva sin ducharse?

–Salga por su propio pie, Antonio –dice el enfermero joven–. No obligue a los agentes a sacarle esposado.

–¿Cómo saben que tengo el virus? ¡Exijo que me hagan un test!

–Se lo haremos en el hospital.

–¡No me lo haréis! ¡Me lleváis directo al matadero! ¿Cómo sabéis que tengo el virus?

–Recibimos una llamada anónima –dice el enfermero joven.

–Eso es imposible. ¡Nadie sabe que tengo el virus!

–La llamada fue de un compañero –dice el enfermero viejo–. Alguien que cumplía con su código deontológico. –Se queda pensativo–. O al menos cumplía con su maldito deber como ciudadano. Alguien que hizo lo correcto, en cualquier caso.

–No tenemos todo el día –dice el policía–. Puede salir de aquí de dos formas: esposado en nuestro coche o en la ambulancia con estos señores. Yo le aconsejo la segunda, pero usted verá lo que hace.

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